La desconfianza es la duda, la sospecha, el temor, la inseguridad, el recelo. Desconfiar no sirve, no vale la pena, genera intrigas que luego te dividen y te debilitan. No creer en los demás provoca un aislamiento que te come la cabeza hasta que terminamos desconfiando de todos y de esta manera, todos desconfían de vos. Así es como acabamos perdiendo nuestros afectos ya que esto nos recluye, nos deja solos y a la deriva sin saber cual es el camino correcto; terminamos vulnerables y frágiles ante cualquier ataque. Desconfiando bajamos los brazos, perdemos todo tipo de esperanza, llegamos al punto de creer que nada es posible, es por eso que nos sentimos rechazados. En síntesis, la desconfianza no conduce a ningún lado, es un freno para lograr nuestros objetivos.
Entonces… ¿Por qué desconfiamos? ¿Por qué pensamos mal de los demás? ¿Por qué nos llenamos de pensamientos e ideas malas que te terminan revolviendo la cabeza, si sabemos que todo marcha correctamente? ¿Será que estamos sometidos a un problema que no tiene psicólogo ni médico que lo trate?
En mi opinión, la mejor opción es no desconfiar. Hay que dejar atrás el miedo a la desilusión, a perder a las personas que más queremos, y aunque para los jóvenes ya es común experimentar ese temor, es mejor evitarlo para no sufrir las consecuencias. Creyendo en todos obtenemos lo que queremos, por eso hay que ser abiertos y expresar nuestros sentimientos ya que es peor atragantarlos y provocar daños mayores. Confiando solucionamos problemas, sentís felicidad, libertad, y millones de sensaciones únicas que hacen que te consideres una mejor persona.
Existe un acto reparatorio, un remedio que cure el mal de la desconfianza. Pero para encontrarlo, primero empecemos a creer en nosotros mismos, y luego en los demás, ya que el mal que generamos por el simple hecho de desconfiar no se lo hacemos a los otros, sino que a nosotros.
